
La gente ya regresaba a sus hogares, la noche se anticipaba y dejaba atrás un extraño atardecer. Las nubes se conmovían y el viento hacía la música perfecta para la catástrofe. En un callejón, en la parte más baja de la ciudad, se encontraba él, con sus ojos caídos y blanca cabellera. Presentía lo que venía, su experiencia le había enseñado “estas cosas de la naturaleza”. Tomó sus cajas y ganó la parte derecha, un viejo perro lo resguardaba; encontró la manta perdida y comenzó… estructura por estructura, algo inquieto, armaba su hogar: ocupó las de supermercado, embotelladoras y otras que consiguió por ahí. Al terminar, se aferró a su manta y se dispuso a esperar… El viento era cada vez más fuerte y el frío no daba espacio para moverse. El callejón ya no estaba vacío, el rectángulo se llenaba poco a poco. Diez metros más a la izquierda comenzaron las consecuencias… un joven desesperado ya se había acriminado frente a uno de los débiles…el peligro era cada vez más evidente. Los gruñidos del cielo comenzaron con gran intensidad y su menesterosa arquitectura no bastaba para sobrevivir… su amigo canino aullaba y se aferraba a él, la imagen era desoladora.
Al cabo de unas horas nada cambiaba, sin embargo, un vehículo apareció: era verdoso y tenía unas rejas… las expectativas fueron máximas: “Por fin, ¡AYUDA!”; pero la quimera se desató, y el vehículo pasó sin remordimiento alguno. La noche era espantosa, el callejón reflejaba un cementerio… él acudía incluso a su blanca barba para generar calor. El momento era crítico, se encontraba solitario en el mundo y ni siquiera sus años de gloria lo podían salvar… sintió su cuerpo quebradizo, el perro ladraba, él ya no oía, sus dos ventanas azules se cerraban mojadas, poco a poco… el sabor a lágrima ya era irreconocible, sus sentidos se desvanecían.
Horas más tarde la catástrofe pasó, el arco iris renació de la oscuridad y las gaviotas volvieron a cantar; sin embargo, él ya no estaba ahí para disfrutarlo, sucumbió en el intento: desapareció.
