
Las dolorosas
de solitarias calles,
donde ni los refugios consuelan la soledad
ni la ausencia
ni la nostalgia
menos la falta de dignidad.
En aquellas calles, las gotas
intermitentes y ácidas
caen como verdad sobre las piedras,
como piedras al fondo del mar
como el mar en el cielo…
Desde aquella tarde que es así,
sea casualidad o no
no ha dejado de llover.
Ahora
el cielo nos entrega sólo la quimera de las sonrisas,
mientras se emborracha con nuestras lágrimas
que luego se evaporan y, luego
él las devuelve con su lluvia
así, en idioma de existencia
las derrama sobre nuestras cabelleras,
fingidas e ingenuas,
sobre los relieves de piel,
sobre las horas y los minutos interminables que me haces esperar.
Pero no es interminable el arco-iris,
-aún no los divisamos-
ni con licores ni olores...
yo y mi amor,
nos desgarramos en espera de tu verano
cuando renazcas, celeste de azules
con tus algodones flotantes y tu
amigo amarillento brillando
pues tarde o temprano lo harás,
y ahí estaré
esperándote.