enero 09, 2008

El boleto y yo


Caminamos lentamente, era de esos caminos levantados por grandes manos de cemento, a sus lados tenían esas rejillas para que no nos cayéramos. Tenía un aspecto de centro comercial, lo extraño era que alrededor nos cobijaba una especie de selva… he ahí el paraíso, todo como debía ser; pero yo estaba en el centro comercial. Seguimos caminando, yo y ella(no recuerdo su rostro, solo sus manos) hasta llegar a unos ascensores, ahí gente vestida de humanos nos ofrecía pasar a degustar distintos platillos típicos de la zona, mas nosotros seguimos en busca de nuestro objetivo. Pasamos por una tienda pero era la equivocada: al parecer queríamos canjear un boleto de algo que por extraña fortuna habíamos ganado. Todos nos trataban como turistas y nosotros no hallábamos el idioma correcto para indicarles lo contrario. Hasta que al fin llegamos a la tienda que decía en el boleto, me pregunté porqué buscaba un lugar mejor adonde ir, si ella siempre había dicho que su mirada sería el camino. Entonces comencé una revolución, pero la bruja de la tienda me dijo que el boleto solo me llevaría a un paseo por la playa privada, ya era demasiado tarde. Escapé, ella siempre a mi lado… encontré un mirador cercano a las gaviotas (ahí donde el aire se respira por los poros), en ese momento me sentí libre por fin, sin modernidad en mis ojos pero con evolución en mis manos. Justo en ese instante pasaba la cigüeña con un cartel pincelado con números: dos cero cero ocho.
Ahí comprendí que aún era un niño,
y fui feliz.